domingo, 10 de abril de 2011

Haciendo las maletas. Deshaciendo las maletas.

“-Piet. Si no te parece una violación de tus derechos, ¿podrías bajar y ayudar a tu padre cuando termines de fisgar en las maletas de Nico?

-¿Pero tendré derecho a quejarme, no?

Mi madre salió de la habitación con su cara de “menos mal que sé que es hijo mío”. Esa mujer merece una estatua a la paciencia. Piet cerró los cajones vacíos de mi escritorio y saltó sobre mi cama desperdigando mis cosas.

-Piet, anda, despega tu culo de mis libros.

-A la orden.

Mi tren hacia Madrid salía en 25 horas. Metí en la maleta la ropa que Piet había sacado mientras él se afanaba en lanzar clips a la papelera.

-¿Te llevas los cascos de calaveras?

-No.

¿Me los puedo quedar?

-Sí.

-¿Puedo instalar en tu habitación un cine X al margen de la ley?

-No.

-¿Y un taller de motos?

-¿Y cómo subes las motos a un ático?

-Chico listo… Ya me las apañaré.

-No lo pongo en duda, siempre lo haces.

El armario estaba vacío. Y en la estantería sólo quedaban algunos libros. Tampoco me había costado demasiado hacer las maletas. Nunca me ha gustado almacenar cosas inútiles. Y recuerdos sentimentales tampoco tengo demasiados. Así que mi cuarto era bastante similar a la habitación de un hotel. Limpia, cómoda, fría…

-Nico, ¿esta no es Alicia?

Mi hermano había rescatado de mi maleta la foto de Alicia. Salía ella. Sólo ella. Sentada en un banco mirando al infinito. Con la trenza descansando en su hombro. Pálida, inmóvil, ausente… Sí, Alicia. La única foto que tenía de ella.

-¿Qué tal le va? ¿Sigue por aquí?

Piet no sabía nada de lo que había pasado. Cuando mi padre se enteró del juicio, de la muerte de Alicia, de las sospechas que recaían sobre mi espalda, me buscó un buen abogado. Me acompañó en todo el procedimiento. Y zanjó el asunto con la condición de no contárselo ni a Piet ni a mi madre. A parte de eso nunca hemos hablado demasiado de ello. Salí limpio del turbio asunto. Y a mi padre eso le vale.

-No, volvió a Madrid el año pasado.

-¡Ajá! Y parecía tonto el señor Nicolai cuando le compramos… ¡Jajaja! ¿Sólo te vas a llevar esa foto?

-Sí.

Piet se levantó de un salto y bajó las escaleras, igual demasiado rápido para sus piernas, porque desde arriba se escuchó un golpe y un taco, y volvió con un marco en la mano.

-Llévate esta. Y así se la enseñas a tus amigas españolas, para que me echen un ojo XD

Me dio la foto. Yo estaba de pie, en casa de unos amigos de mis padres, con los brazos cruzados al pecho, el sol en la cara, y Piet en la espalda. Saltando, con la boca abierta y la risa en los ojos. Sin duda alguna esa era nuestra foto. Mi padre siempre nos pregunta cómo hemos podido nacer tan diferentes. “

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