martes, 28 de junio de 2011

Simplemente matando… el tiempo


Apenas queda un resquicio de noche en el cielo. Ya no hay lechuzas ni ojos abiertos, atentos en la oscuridad. El rocío de los escasos arbustos espinosos empieza a desvanecerse entre rayo y rayo de sol.

Cuatro pezuñas silenciosas en alerta, como siempre.

Cuatro garras silenciosas al acecho, como siempre.

La fina garganta del antílope sube y baja según traga las tiernas hojas. Sus orejas tiesas, buscando en la sabana cualquier señal de muerte.

Pero la muerte llega sin hacer ruido.

La carrera no duró más de cinco segundos, lo suficiente para que la sorpresa y el pánico más brutal se apoderaran del antílope, y el cazador moteado, estirando los potentes músculos al máximo, devoró de un salto la distancia que les separaba.

La pobre bestia no tenía demasiadas posibilidades de salir con vida. Su fina garganta subía y bajaba intentando en vano que el aire llegara a sus pulmones y no se desparramara por el suelo junto con su sangre. Lo último que recibieron sus pupilas fue la imagen de un monstruo moteado, un implacable cazador, abalanzándose sobre su cuello.

A lo mejor esa imagen se quedó en sus ojos. A lo mejor los buitres que luego se repartirían sus restos podrían observar sus ojos antes de engullirlos y ver al leopardo.

A lo mejor, el forense vería mi cara si mirase a los muertos a los ojos. Pero es difícil aguantarle la mirada a un muerto, ¿no?

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